Y he aquí otra buena muestra de cómo una lectura obligada puede seducirte, aunque de buenas a primeras no entiendas nada. Herba moura, de Teresa Moure, siempre me había llamado la atención. Quizás por ese paralelismo entre el apellido de la autora y el título, o quizás por la fama y los premios que ganó en su momento. El caso es que en una feria del libro no pude evitar comprarlo y regalárselo a mi madre, que ha sido, sin duda, la culpable de mi pasión por la lectura. Pero la falta de tiempo y el grosor de la obra en cuestión hicieron que cayera en el olvido.
Hasta hace unos meses. Apareció en mi vida como uno de esos libros de obligada lectura para la universidad, y aunque recordaba cuánto me había llamado la atención en su momento, olvidé por completo que ocupaba un lugar en una de las múltiples estanterías de mi casa. Y volví a comprarlo. Y empecé a leerlo. Con prisas y por obligación. Y cuando llevaba unas cuantas páginas, olvidé por completo las prisas y la obligación. Olvidé las demás ocupaciones y preocupaciones y me sumergí en el mundo de Descartes, de Hélène Jans y de Cristina de Suecia. Tanto que cuando terminé, quise volver a empezar. Tanto que despertó mi curiosidad, y yo, que jamás me había interesado por la filosofía ni por Descartes, me sorprendí a mí misma investigando sobre ello.
Porque hay novelas que sacan lo mejor de mí.
