Para mí, desde siempre, la literatura es misterio, pasión, incertidumbre ... hacerse ideas mentales sobre cómo acabará la historia en la que me sumerjo en cada libro. Quizás por eso me cuesta tanto leer libros de los que ya sé el final. Ocurrió con Romeo y Julieta, o con Crónica de una Muerte Anunciada.
Con El Diario de Ana Frank sucedió algo similar. Tardé demasiado en empezar a leerlo, y mucho más en terminarlo. Especialmente, porque esta vez no era un simple mal final, sino una terrible realidad.
Y he de reconocer que, a pesar de todo, me conquistó de principio a fin. La forma de escribir de esa joven, la evolución del carácter de una niña con una buena vida a una joven recluida durante largos meses en un refugio para evitar ser encontrada por los nazis, junto a su familia y otros judíos ... son simplemente fascinantes.
Y, aún conociendo el final, y, quizás precisamente por tratarse de una historia real, me metí de lleno en la historia y me emocioné como pocas veces antes lo había hecho.

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